A mediados de 1994, la comisaría de Beyoğlu registró el inicio de una investigación sobre siete desapariciones consecutivas en el barrio histórico de Balat, la zona más antigua y laberíntica de Estambul, donde las casas otomanas se ciernen sobre callejones tan estrechos que apenas cabe un tranvía T1. Los expedientes fueron asignados al inspector Mehmet Arslan, un investigador meticuloso cuyos casos anteriores se caracterizaban por documentación exhaustiva. Según los registros oficiales de 1995, la investigación fue cerrada por "falta de pistas concluyentes". Lo que nadie esperaba es que en 2003, cuando un periodista solicitó acceso a esos archivos para una nota sobre casos sin resolver, descubriría que la carpeta completa —más de trescientas páginas, incluyendo fotografías, testimonios y análisis forense— había desaparecido de los anaqueles de la comisaría.
El hallazgo inicial fue casual. El funcionario encargado del archivo, Hakan Yilmaz, notó que la carpeta no estaba donde debería. Comenzó una búsqueda que se extendió por semanas. Se revisaron cajas sin catalogar, se consultó con el personal retirado, se verificaron registros de movimiento. Nada. El director de la comisaría en ese momento, ya jubilado para 2003, afirmó categóricamente que jamás autorizó la destrucción de archivos de investigaciones abiertas. Los siete casos nunca fueron formalmente resueltos, pero tampoco fueron formalmente reabiertos. Estaban en un limbo administrativo perfecto, facilitado por la desaparición de la única evidencia documentada de su existencia.
La anomalía en los registros
Lo más inquietante emerge al analizar los registros paralelos: los libros de entrada de la comisaría mencionan el caso en octubre de 1994, pero los índices alfabéticos de 1995 no incluyen al inspector Arslan ni ninguno de los nombres de las personas desaparecidas. Es como si alguien hubiera editado meticulosamente ciertos documentos mientras dejaba otros intactos. Un académico de la Universidad de Estambul que investigó el incidente sugirió que podría tratarse de un "borramiento selectivo", una práctica documentada en algunas instituciones durante ciertos períodos turbulentos de la década de 1990. Pero ¿quién? ¿Por qué? Los nombres de las desapariciones nunca trascendieron públicamente, salvo por una mención breve en un diario local de 1995 que fue rápidamente desmentida oficialmente.
Hoy, treinta años después, el barrio de Balat sigue siendo lo que era: pintoresco, turístico, lleno de cafés y galerías de arte que conviven con las ruinas de construcciones más antiguas. Los tranvías rojos del T1 serpentean por sus calles como lo hacían en 1994. Pero en los archivos de la comisaría de Beyoğlu, donde debería reposar la investigación Arslan, solo hay silencio. Inspector Arslan murió en 2001 sin dejar registros personales públicos sobre el caso. Yilmaz, el funcionario que reportó la desaparición del expediente, se jubiló meses después sin hacer declaraciones adicionales. Y los siete nombres que alguna vez existieron en un papel, en una carpeta manila en algún anquel de una comisaría estambulí, permanecen suspendidos en una dimensión donde los documentos mueren antes que las personas.